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Sigue siendo nuestra casa: No Te Va Gustar presentó “Florece en el caos” en Estadio Ferro

  • hace 2 días
  • 4 Min. de lectura

En una noche larga donde las nuevas canciones cobraron vida y la casa se convirtió en refugio, la familia extendida se reunió en Ferro para una catarsis colectiva


Crónica: Azul Martinez Flaiman - @azuntvg

Fotos: Sofia Bulgarelli - @sofiabulgarelli.ph



Como en toda reunión familiar, los preparativos empezaron mucho antes de la tan esperada noche.

Primero: la excusa, porque todo encuentro necesita una. Los anfitriones —No Te Va Gustar—  decidieron que las nuevas diez canciones de su undécimo disco sonaran juntas por primera vez la misma noche antes de comenzar una extensa gira.

Segundo: el lugar. Quizás podría haber sido otro, pero esta vez fue Buenos Aires, porque siempre se elige la casa que les quede más o menos cerca a todos. Así fue que el Estadio Ferro se convirtió en sede de una celebración única.

Tercero: los invitados. En un festejo así de grande uno pensaría que la banda podía elegir congregar a sus grandes amigos de la música. Y lo hicieron, pero no de la manera convencional.

En esta ocasión se invitó, desde noviembre para el 25 de abril, a amigos de los países limítrofes y dentro de Argentina, hasta a ese tío de Corrientes con su mujer y sus dos hijos adolescentes, a ver si avisando con tiempo lograban acomodarse y estar presentes.

Desde entonces, se empezaron a organizar los viajes y pintar las banderas.

Ese mismo día, algunos llegaron rápido. Otros tomaron el colectivo de las 6 de la mañana. Un grupo grande cruzó el charco y se encontró con otros en el camino, uniendo a la patria grande en colectivos, aviones y Buquebus organizados.

Llegaban niños, adolescentes, jóvenes adultos y adultos no tan jóvenes, a una noche que no dejaba a nadie afuera y prometía ser larga y poner toda la carne al asador. Eso sí, sin más invitados que los que habitaron el campo y las plateas.

Confirmaron asistencia con una fe ciega. Ansiosa e ilusionada. Pero ciega.

Cuarto, pero no menor: la decoración. Esta vez a cargo de Mariana Villafañe, la artista autora de la portada del álbum. Proyecciones visuales dinámicas combinadas a la perfección con juegos de luces acompañaron cada emoción del recorrido.


Florece en el caos es el nombre propio de la excusa que volvió a reunir a la gran familia extendida. Y los alrededores del estadio le hicieron justicia al concepto. Rodeado de calles en reparación bajo un cielo en el que no asomaba ni un rayo de sol, todo indicaba que el único florecer ese día estaba unas calles más allá, en las plazas del barrio donde flameaban banderas de todos colores y giraban vasos, mates y abrazos. Hasta que llegó la hora de entrar: la mesa estaba servida.

A las nueve y cuarto, el comedor se quedó a oscuras. Las luces se apagaron por completo con el estadio lleno, excepto una platea, a la que se accedía desde el campo.


Halcones y payasos rompió el silencio y la oscuridad con las cuerdas al frente y luces rojas que las envolvían. Los niños subidos a caballito lloraban mientras veinteañeros abrían una ronda. Seguidito no más sonó No te imaginás y todo el mundo abrazó a alguien instintivamente. Los hijos de los anfitriones disfrutaron la canción que les dedicaron detrás de bambalinas.

En un canto sostenido, las voces corearon sin pausa A las nueve y Sin pena ni gloria.

Y si creían que ese era el plato fuerte, estaban equivocados.


"Buenas noches, Buenos Aires" saludó Emiliano Brancciari, el cantante, sonriente en el espacio instrumental que una canción le dejó. La felicidad de esas palabras contagió a todo el estadio. Estaban ahí los anfitriones, por fin, con un plan: regalarles un show largo y ser un solo grupo humano.


Con una lista de canciones ecléctica y guiños constantes, NTVG llevó a sus invitados especiales —todos abajo del escenario—  por un camino de “tocar mucho y hablar poco” donde las nuevas canciones por fin cobraron vida, sostenidas por quienes les prestaban la oreja y, esta vez, también el cuerpo y la garganta 


Los favoritos —Verte reír, Clara, Chau o Ese maldito momento—  unieron a plateas y campo, moviéndose como una sola cosa. Una misma familia tirando para el mismo lado. 


Igual que en una sobremesa, aparecieron las causas políticas. Pero esta vez no para generar debate, sino para posicionarse sin medias tintas. Con estas canciones, a buen entendedor pocas palabras: Tirano, Me cuesta creer, Esos ojos, Los villanos, El oficial y la flamante ganadora de una encuesta en Twitter, El último jefe, desataron rugidos pasionales, pogos y cánticos contra Javier Milei.


Una descarga en la que la casa se convirtió en refugio. No solo ante el desamor —El error, Al vacío, Memorias del olvido— o en la introspección —Paranoia o Prendido fuego—, sino también como espacio de catarsis colectiva, sin dejar afuera ningún malestar.


La intimidad y la emotividad del fogón y las guitarras acústicas no se quedaron atrás. Cartas por jugar sonó por primera vez entre rayos de luz azul. Josefina, dedicada a la abuela del vocalista, fue interpretada junto a su sobrino Gonzalo Brancciari en guitarra y voz.

Y uno de los momentos más altos de la noche llegó con Llueve tranquilo, dedicada al tecladista Marcel Curuchet, fallecido en 2012: a la luz de una luna nublada, sin lluvia pero con un gesto único. Antes de la estrofa que reza “Sigue siendo nuestra casa”, Brancciari gritó “Buenos Aires, Buenos Aires” con una emoción y agradecimiento incontenibles.


Las nuevas integrantes —como En llamas, En mil pedazos o Una vida más—  fueron recibidas con aplausos, vítores y un arreglo de vientos con el que la banda puso su impronta ante la ausencia de Andrés Ciro Martínez en Todo mal, su colaboración. 


Iba llegando la hora de irse, pero no sin la costumbre de estas reuniones: la esperanza y la alegría hechas canción. Representadas por clásicos como No hay dolor, Te voy a llevar, Tan lejos y Fuera de control.


Y de postre: No era cierto. El himno de despedida de cada festejo. Con familiares de los anfitriones arriba y los de los invitados abajo, se cantaba a los saltos y entre abrazos:

Creí que estaba solo y no era cierto. Si tengo con quien quedarme a festejar”.


Un final dulce con un dejo amargo. Al despedirse, Emiliano volvió a su micrófono para agradecer la presencia del público y sentenció: “Todo va a mejorar", deseándolo desde el corazón para quienes ya son su familia en el país que lo vio nacer.

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