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No vine a imponer, vine a invitar: el doble estreno íntimo de Marttein en Casa Spotify

  • 24 may 2025
  • 2 min de lectura

El artista celebró el estreno de "El marrón" y "Morir al sol" en una ceremonia tan extraña como poderosa


Crónica: N. Fernández - @anyerfotografia

Fotos: Benjamin Carabajal - @benjaenfoco

Desde la entrada, el evento prometía algo diferente. El público recibía un volante que, más que folleto, parecía proclama: “¡Unidos por el marrón!” seguido de un acróstico que desarmaba el color en sensaciones: Magnífico. Alivio. Real. Relajante. Oportunamente. Necesario.


La sala, oscura y cargada de misterio, tenía como único punto de luz un altar. Sobre él y a su alrededor, banderines con el logo de Marttein colgaban del techo, mientras actores infiltrados entre el público diluían las fronteras entre espectador y escena. Todo era parte del culto.

Y eso fue: un culto. Marttein apareció en medio de una puesta donde no hubo canción ni coreografía, sino liturgia. Pronunció un monólogo que flotó entre el delirio místico y la poesía visceral: “Una brasa que arde en silencio. Un perfume antiguo que no juzga. Yo no vine a imponer, vine a invitar. Vine a mostrarles eso que muchos temen nombrar, pero que en el fondo todos sabemos. El marrón.


A este llamado siguieron gritos colectivos, posesiones espontáneas (o eso parecían): una actriz se desmoronaba en trance, otra gritaba “¡SOLTÉ!” mientras se dejaba caer al piso como si una fuerza la atravesara. Todo entre ecos de palabras como “real”, “relajante”, “necesario”, repetidas por voces invisibles. Era performance, pero también era testimonio.



Lo que Marttein construyó fue una experiencia en la que la estética se fundió con el mensaje: el marrón como refugio, como sombra que no aplasta sino que envuelve. Con la sala aún vibrando de aplausos y respiraciones agitadas, se proyectaron los videoclips de los dos singles. "El marrón", con su línea “No quiero influenciarte”, refuerza esa tensión entre presencia y retiro. "Morir al sol", más íntima, se pregunta: “¿Quién va a conquistarme acá y llevarme a un rincón que no me haga sentir mal?


Ambos videos dialogan con una poética del movimiento, marca registrada del artista; caminar siempre hacia adelante, hacia algo que no se nombra pero que se busca.

No hay regreso, solo tránsito.


Terminada la proyección, se tomó su tiempo para saludar y sacarse fotos. No habló más. No hizo falta. Lo que había que decir ya se había dicho en susurros, entre humo y sombras.

No fue solo una presentación. Fue un rito. Y quienes formaron parte, por unas horas, fueron parte de su nueva religión.

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