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Hasta la verdad definitiva: Javiera Mena y un show eléctrico y queer en Deseo Club

  • 22 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

En una noche genuina la artista presentó "Inmersión", su último lanzamiento, y guió al público por un viaje sensorial que fue de lo futurista a lo íntimo y absolutamente intenso


Crónica: N. Fernández - @anyerfotografia

Fotos: Sol Piano - @solpiano




Una noche lluviosa de Buenos Aires recibió a Javiera Mena en Deseo Club, donde presentó "Inmersión", su nuevo disco, con un show que confirmó ---una vez más--- su capacidad para transformar una pista en una experiencia sensorial completa.


Antes de que la chilena subiera al escenario, Babeblade abrió la velada con un set que recorrió sus lanzamientos más recientes.

Con un tono electrónico húmedo y pulsante, instaló el clima perfecto para lo que vendría: una noche dispuesta a mover cuerpos, pero también emociones.


La atmósfera cambió de por completo con la entrada de Javiera: las luces, el sintetizador y su presencia marcaron ese pulso futurista que define su obra. Es música que no solo se escucha, atraviesa.


Con “Na na na” y “Palacio de hielo”, inició el recorrido. “Hasta la verdad”, una de las favoritas del público, intensificó ese recorrido: un coro colectivo que funcionó como un abrazo sonoro, compartido y cálido en contraste con la lluvia exterior. “Sincronía, pegaso” cerró este primer bloque con elegancia pop y una sensación de travesía: algo así como pisar, por un momento, otro planeta.


De pronto, la energía se volvió hacia adentro. Las luces bajaron y comenzó una sección acústica que despojó a las canciones de sus capas electrónicas para acercarlas a un costado más íntimo, casi confesional. Antes de “Absurda”, Javiera lanzó, entre risas: “Esta canción habla de los celos y de los gatos”. Esa mezcla de humor y vulnerabilidad marcó el tono del segmento.


En clave íntima, piezas como “Esquemas juveniles” o “Cámara lenta” se transforman: dejan de ser himnos de pista para volverse pequeñas narraciones que cualquiera podría reconocer en su propia historia. Por su parte “Mar de coral”, junto a Chechi de Marcos, fue uno de esos momentos donde el relato musical se vuelve espejo: cada quien escuchó algo propio ahí.


El giro fue radical cuando “Entropía” encendió el bloque techno-mix. De nuevo, Deseo Club pareció despegar hacia otro mañana: “Diva”, “Flashback” y “Espejo” funcionaron como estaciones en un viaje acelerado, luminoso, cambiante. El clímax llegó con “Espada”, donde el pogo explotó con una energía casi ritual.

Estas canciones, en vivo, no solo convocaban a bailar: construían un espacio donde el futuro, o al menos su posibilidad, se volvió palpable.


Con “Otra era” y fragmentos de “Eclipse total”, la artista volvió a mutar la estética de la noche. Ella y su banda reaparecieron con anteojos blancos, reforzando el imaginario pop-futurista que tanto la caracteriza. En “Pez en el agua”, dedicó un agradecimiento a las visuales y soltó una frase que detonó aplausos: “Que vivan las lesbianas”.


El punto de quiebre emocional, y festivo, llegó con “Entre las dos”. Miranda! subió al escenario y el club directamente tembló. Lo que ya era una fiesta se convirtió en un hito pop: bailecitos, risas, complicidad y la certeza de presenciar un momento irrepetible.

El cover de “Yo no te pido la luna”, popularizada por Daniela Romo, profundizó aún más ese espíritu comunitario: el público cantó tan fuerte que por momentos la voz de Javiera quedó en segundo plano, reemplazada por un coro unificado de cientos.


Tras “Que me tome la noche”, la artista dejó el escenario con un falso final. Volvió para un último bloque breve pero significativo: “El amanecer”, “Luz de piedra de luna” y “Sufrir” cerraron la noche con una mezcla de calma, emoción y un último destello de ese universo propio que crea en cada show.


La propuesta de Javiera Mena no es solo musical: es una forma de viajar. Con sus technos vibrantes llevó a los presentes hacia lo futurista, lo cósmico, lo expansivo; con sus acústicos, los devolvió hacia adentro, a esos lugares donde habitan las pequeñas historias, los miedos, los chistes privados y los recuerdos.

La puesta en escena de visuales, vestuario y luces hicieron de esta experiencia algo inmersivo.


Todo eso convivió en Deseo Club en una noche que osciló entre la fiesta y la introspección, la cercanía y la fantasía, lo íntimo y lo espectacular. Y si algo queda claro después de verla, es que Javiera no solo canta: invita a sentir. Invita a su audiencia un viaje interno, y también, a un viaje hacia el futuro. Y todo, absolutamente todo, lo hace con intensidad.


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